18/04/2012 Editorial de Edouard Carmignac
París, a 10 de abril de 2012
Estimados lectores:
Un amigo estadounidense me confesó un día la razón de su profundo apego por nuestro país: «adoro Francia porque los franceses se odian unos a otros. Esta antipatía compartida garantiza que el país no evolucione y que se mantenga la calidad de vida».
La triste campaña electoral que estamos sufriendo pone en evidencia nuestras desavenencias. A pesar de que los verdaderos asuntos que están en juego —léase la competitividad y el desendeudamiento, que se han pasado mayoritariamente por alto — requerirían una reacción conjunta de toda la nación, estamos siendo testigos de una importante exacerbación de las tensiones contra los empresarios y los colectivos de inmigrantes.
Excepto determinadas figuras emblemáticas, destacadas hasta la saciedad por la prensa, la riqueza en Francia y en Europa ya no se hereda. Son las empresas quienes poseen la mayor parte de los patrimonios importantes y esta riqueza no se ha robado, sino que se ha creado y repartido abundantemente a la sociedad en forma de nuevos puestos de trabajo y de retenciones fiscales y sociales de todo tipo. Las pymes, como todo el mundo sabe, son las principales creadoras de empleo. ¿De verdad queremos desanimar a los emprendedores y acelerar su éxodo al extranjero? En lugar del modelo alemán, ¿preferimos el modelo griego donde la expatriación del talento ha transformado este antaño dinámico país en refugio de jubilados y turistas?
La integración de la población inmigrante sigue siendo la herida abierta de la sociedad francesa y el drama de Toulouse no es más que un doloroso recordatorio. La diversidad étnica de nuestro país debería ser una ventaja y no un inconveniente. Tenemos que redoblar nuestros esfuerzos para conseguir una profunda transformación de nuestro sistema educativo, de formación y de empleo a fin de acelerar el proceso de integración. Quizá entonces nos daremos cuenta de que la obsesión de algunos con la inmigración enmascara un problema mayor, la fuga de cerebros. ¿Podemos seguir aceptando que más de un tercio de nuestros licenciados de las grandes universidades abandone el país en los tres años que siguen a la finalización de sus estudios?
El frenazo del endeudamiento mejora las perspectivas de futuro. Debería acabar con la exacerbación de la principal desigualdad que afecta a nuestras envejecidas naciones, la desigualdad intergeneracional. Nos corresponde a nosotros la responsabilidad de pagar las facturas de nuestros excesos y no a nuestros hijos y nietos. La consecución de este objetivo de igualdad debería contar con el esfuerzo de todos. El papel de nuestros políticos es el de prepararnos para ello, tarea nada fácil en un país en el que casi la mitad de los electores son jubilados o funcionarios, aunque no necesariamente suicida desde un punto de vista político si tenemos en cuenta el desinterés que anuncian los sondeos.
Pongamos nuestra energía al servicio de estos temas fructíferos y portadores de futuro. Dejemos de dividirnos. Así, mejoraremos el bienestar general y conservaremos la calidad de vida por la que tantos países nos envidian.
Reciban mis más cordiales saludos.
Edouard Carmignac